De vuelta a España: Barcelona (II)

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Mientras escribo esta segunda parte de Barcelona, pienso que es bastante irónico que viajes como Berlín o Budapest hayan tenido tres entradas para casi una semana de duración, mientras que Barcelona va a entrada por día. Porque sí. Por la cara. Fin de la cita. Teníamos que aprovechar muy mucho aquel segundo día en Barcelona, porque al día siguiente nos tocaba madrugón y hala, vuelta a la carretera (que no a Madrid, eh. Ese verano no paré quieto). Además, tenía que quedar con mis amiguetes de La Haya sí o sí, porque el día anterior estuvimos dale que te pego al Whatsapp para nada.

Lo más previsible hubiera sido que esta entrada comenzara con un “tras dejar el coche en Barcelona…“. Pues no. Fuimos a visitar L’Hospitalet de Llobregatmunicipio barcelonés (el segundo más poblado según la sabelotodo y omnisciente Wikipedia) que se encuentra a pocos kilómetros de Barcelona, por razones personales/familiares principalmente. Cabe decir que lo que llegué a ver de la ciudad no puedo utilizarlo para dar una opinión concreta, pero es un sitio tranquilo. Y en La Farga (antiguamente una fundición) sirven unos muffins de Nocilla sabrosones. Cada uno recuerda lo que le marca, lo siento si no es lo bastante cultural.

Más adelante, tras dejar el coche en Barcelona (guiño guiño), nuestra primera parada fue el Camp Nou. Aunque lo único que puedes ver sin pagar entrada son los exteriores de los estadios y la tienda de regalos, es más que suficiente (creo que he dejado claro a lo largo de mis narraciones que soy poco partidario de pagar por ver lo que sea). Que nadie se lo tome a mal, eh. A mí el fútbol ni fu ni fa, y lo único que pretendía era pues eso, llevarme una impresión general. La tienda de regalos vende cualquier cosa que pueda llevar los colores / el logo del Barça impresos, y es probable que en breves se asocien con IKEA para vender la Culé Collection de salas de estar. Por cierto, también hay vendedores ilegales más allá de las vallas del estadio, así que siempre puedes hacerte un Van Gogh Museum y adquirir tus productos en la más rigurosa violación del copyright.

No todo son regalos vanguardistas e inesperados en la Barça Store. También tienen balones de fútbol, camisetas, y las tazas de toda la vida que siempre te solucionan el aprieto de '¿y qué le compro yo a éste?'

No todo son regalos vanguardistas e inesperados en la Barça Store. También tienen balones de fútbol, camisetas, y las tazas de toda la vida que siempre te solucionan el aprieto de ‘¿y qué le compro yo a éste?’

Próxima Estación: La Sagrada Familia. Osea, que pasamos de lo moderno al modernismo. (Sí. Es un chiste malísimo. Pero es mi blog y esto es una dictadura literaria). Lo primero que te impresionará de La Sagrada Familia son sus dimensiones. A pesar de continuar inacabada, la basílica puede presumir de ser imponente. Las torres que ya han sido construidas se elevan hacia el cielo, mientras que los cuatro muros que las sostienen, repletos de decoraciones modernistas, van ensanchando la estructura del edificio hasta que la vista alcanza el nivel del suelo y los portentosos pórticos, vías de entrada y salida. Lo segundo que te impresionará son las larguísimas colas de turistas, que esperan para entrar a conocer el interior del monumento.

Foto instagram reshulona del Temple Expiatori de la Sagrada Família.

Me fui de Barcelona con la espinita clavada de no haber podido visitar La Sagrada Familia, porque no merecía la pena comprar la entrada y comerse la cola para verlo todo deprisa y corriendo. Sin embargo, un par de meses más tarde volví a Barcelona por las Fiestas de la Mercé (dos visitas en el mismo verano, toma ya) y conseguí mis entradas con antelación y por la cara (benditas jornadas de puertas abiertas). Así que nada de lo que arrepentirse a día de hoy.

Próxima estación: Park Güell. En lo alto de una maravillosa cuesta. Consejo para turistas: el Park Güell no va a moverse. No. De verdad. Se va a estar quietecito. No seas como nosotros y vayas a las 4 de la tarde. En pleno agosto. He subido dos veces al parque, tanto en coche como andando, y puedo corroborar que el calor estival de Barcelona convierte una cuesta empinada en un entrenamiento militar de primera categoría. Imprescindible llevar agua o ir en invierno para no asfixiarte. Arriba hay fuentes también, que no cunda el pánico. Y las obras de Gaudí, claro, que para eso hemos subido.

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A día de hoy, el Park Güell es de pago, lo cual me parece sencillamente ridículo. Puedo entender que la yeneralitat necesite dinero para la conservación y manutención del parque, pero 7 € es un precio exagerado para lo que hay que ver. Más allá de la estatua de la salamandra/dragón (ni los propios catalanes se ponen de acuerdo) y la zona de los miradores (célebres por aparecer en la maravillosa e inolvidable intro de Los Serrano), son todo arbustos y flores. Dicho de otro modo: las zonas de Gaudí son bien y no deberías irte sin hacer la fotito de rigor, si consigues que durante una décima de segundo seas el único que aparezca en pantalla (ya te digo yo que no es nada fácil).

Aunque las vistas de Barcelona del Park Güell son increíbles.

Aunque, siendo justos, las vistas de Barcelona desde el Park Güell son increíbles.

La última parada turística antes de encontrarme con els meus amics de l’ànima fue la Platja de la Barceloneta. Creo que no será necesario que explique cómo se encontraba la playa a media tarde a principios de Agosto. A reventar, vamos. Según la gente que vive en Barcelona, es mejor irse a una playa lejana para disfrutar de un poco más de tranquilidad, como Sitges o Castelldefels, por ejemplo. Si esta actitud ante la masificación de las playas se extiende a toda la población catalana, debo decir que el turismo va viento en popa. Maaaaaaaaaadre (de Déu). La Barceloneta no es sólo una playa, también es un paseo marítimo bien provisto de clubes nocturnos, restaurantes de todo tipo y oficinas de grandes empresas (sí, Torre Mapfre, hablo de ti).

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Y tras una jornada de subidas, bajadas, paseos en coche, fotos turísticas, comidas apresuradas y calor estival, finalmente quedé con mis catalanes del alma en el centro de Barcelona, cerca de la Plaza de Urquinaona (el nombre se las trae también). Aunque al final, por errores del directo, acabamos tomándonos algo en el 100 Montaditos de la Plaza de Catalunya, en el purito centro. Porque todo lo hacemos con glamour, aunque sea comer montaditos de un euro y cebarnos a cerveza barata. Mi problema fue que, como ya mencioné en la primera parte, mi hotel estaba en Castelldefels, y el último tren hacia allí salía a las 10 de la noche. Sólo me perdí un poquito en la Estación de Sants, pero si estoy escribiendo esto es que conseguí llegar a Castefa sano y salvo, ¿no? (¿Quién ha mencionado Google Maps?)

* * * * * * * *

Esto es todo amigos. Al día siguiente abandonamos Barcelona. En mi caso, la siguiente parada sería la costa del Mar Menor, el destino ideal para ponerme moreno de una vez por todas y reencontrarme con unos viejos conocidos, llamados 40 grados a la sombra. Podemos dar por finalizada la sección ‘De vuelta a España‘ por la presente. ¿Qué le deparará el futuro a nuestro blog favorito? Pues ya pocas entradas, a decir verdad. Pero hasta entonces… nos vemos. Fins aviat!

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