Leeuwarden

¡Uuuuuuh, Leeuwarden! ¡Qué emocionante! Vaaale, ya sé que la mención de la ciudad no despierta ningún afán por conocerla, pero yo, en mi incesante (y un poco obsesiva-compulsiva) necesidad de explorar todos los Países Bajos, quise viajar a la recóndita región de Frisia (Friesland para los amigos), de la que Leeuwarden es la capital. Fue la última Dagkaart que utilicé para hacer turisteo (modo nostálgico ON)

Según Wikipedia, Leeuwarden tiene 620 monumentos oficiales, vamos, que es una oda al turismo hecha ciudad (por cierto, Holanda, algo va mal cuando Wikipedia contiene más datos turísticos que tu web oficial. Os queda para Septiembre). Sin comerlo ni beberlo me embarqué en viaje en tren de tres horas de duración, y finalmente, a eso del mediodía, pisé finalmente el frío suelo de la estación de Leeuwarden.

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Que todo el mundo perdone mi torpeza, pero no encontré la oficina de turismo. Tiene delito, ya que se situaba en un rascacielos de unas 20 plantas, con carteles bien grandes. ¿En qué se traduce este revés del destino? Que no tuve mapa y me fui a la aventura (que nadie se preocupe tampoco, ya he constatado que las ciudades neerlandesas no son líderes mundiales en extensión). De todos modos, lo más importante de Leeuwarden se ve en un par de horas como mucho, a no ser que quieras comprobar que de verdad haya 620 monumentos turísticos (¿DÓNDE LOS METEN? ¡NO CABEN!) y/o disfrutar de sus bucólicos canales y parques públicos.

Monumento nº1. Ya sólo nos quedan 599.

Monumento nº1. Ya sólo nos quedan 619.

Tras comer una ensalada de pasta del Albert Heijn enfrente del ayuntamiento (detalle totalmente insustancial que no aporta nada a la historia, pero al fin y al cabo el blog es mío) me dispuse a explorar la ciudad. Tuve la suerte (no) de perderme por la zona comercial, lo cual no me aportó nada nuevo. Finalmente, paso a paso, fui alejándome de las marcas y las franquicias y me adentré en la zona más ‘holandesa’, con sus canales, sus bicicletas y sus holandeses tostándose al sol de las terrazas.

En una de las principales plazas de Leeuwarden, Coca-Cola la estaba liando...

En una de las principales plazas de Leeuwarden, Coca-Cola la estaba liando…

Esa calle/plaza de la foto es el epicentro de toda la ciudad, dónde se concentran la mayoría de las pequeñas tiendas, (recuerda: las grandes franquicias se quedaron cerquita de la estación de tren) las distintas callejuelas que llevan indistintamente a los 620 monumentos oficiales, (cuanto más lo digo, mejor suena) y los accesos a las zonas residenciales. En otras palabras: me recorrí unas cuantas veces esa zona de Leeuwarden. Iba explorando los alrededores, buscando lo que mereciera la pena.

La bandera de Frisia es blanca con rayas azules y manchas rojas, y se puede comprobar que están muy orgullosos de ella.

La bandera de Frisia es blanca con rayas azules y manchas rojas, y se puede comprobar que están muy orgullosos de ella. Unos souvenirs muy divinos.

Durante esos tours por la ciudad encontré un poco de todo y para todos: zonas destinadas al graffitti, una torre altísima que se inclinaba cual Torre de Pisa (también conocida como Oldehove), dos o tres iglesias/catedrales dedicadas a un santo de cuyo nombre no me acuerdo… Entre otras curiosidades, también descubrí que en Leeuwarden hay un museo de la cerámica (la de Delft es taaaan siglo XVII) o un jardín que en su época hizo las veces de cuarto de juegos de la princesa.

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Los que conocen bien saben que a menudo digo la palabra random (aleatorio en inglés). Esto, por tanto, es el paraíso.

Los que me conocen saben que a menudo digo la palabra random (aleatorio en inglés). Esto, por tanto, es el paraíso.

En Leeuwarden elaboré minuciosamente unas cuantas hipótesis: o los carteles turísticos habían sido diseñados con el único objetivo de despistar al turista ocasional, o Leeuwarden se había agenciado de monumentos de los alrededores (seguro que pensaron – ‘total, nadie los va a contar’), o la mayoría de esos monumentos son teteras y tazas y se encuentran encerradas a cal y canto en el Keramiekmuseum Princessehof (museo de la cerámica, vamos).

En pocas palabras, que tras mi paseo de mochilero entusiasmado de dos horas de duración, en los carteles sólo leía los mismos nombres, y acabé por volver a aquella plaza central donde había comenzado mi aventura. Me desvié por un par de calles más en las que no había reparado hasta entonces, porque antes de irte siempre te entra el Síndrome del ‘No-Me-Quiero-Dejar-Nada‘, pero vamos, que poco más que añadir.

'El árbol de Guillermina', dedicado a la susodicha reina. En la parte de abajo hay una fuente que no funciona bien y se carga todo el glamour de la composición.

‘El árbol de Guillermina’, dedicado a la susodicha reina. En la parte de abajo hay una fuente que no funciona bien y se carga todo el glamour de la composición.

Y bueno, dispuesto y decidido a aprovechar el día al máximo (parezco un presentador de Megatrix) me despedí de Leeuwarden y me monté en el tren de regreso a La Haya. ¿Para volver ya a casa? Obviamente, y como ha pasado en casi todas las excursiones Dagkaart, no. Me bajé en la siguiente parada, la ciudad de Zwolle. También desconocida para mí, había oído hablar muy bien de ella; y como tenía que hacer escala allí SÍ O SÍ pues maté dos pájaros de un tiro. Pero eso es para la entrada siguiente, claro.

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PS. ¿Alguien recuerda la extraña máquina que Coca-Cola había situado en la plaza central de Leeuwarden? Bueno, era una acción de marketing de la última campaña de Coca-Cola, que consiste en vender latas con el nombre de alguien impreso. Si la lata tiene tu nombre o el de alguien especial para ti, te emocionas y te la llevas. Éxito 100% asegurado y sin intereses. El problema es que en los Países Bajos desconocen el nombre Álvaro y claro, yo me sentía terriblemente marginado de la campaña (y para un estudiante de publicidad no interesarse por una campaña es pecado).

Pero Coca-Cola, claramente pensando en mí, ideó ese portento de máquina que repartía latas con el nombre que tú quisieras (obviamente era una pegatina, pero se agradecía igual). Y tras aguantar cuarto de hora de cola, tecleé emocionado mi nombre en ese teclado como el niño que aprende a escribir su nombre por primera vez. Y pulsé OK. El resultado no se hizo esperar…

Juro solemnemente que esto no se trata de un post patrocinado. Coca-Cola no me está pagando (aunque oye, yo siempre acepto donativos. La carrera no se paga sola). Y bueno, esto es todo. ¡Nos vemos en la próxima!

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Un pensamiento en “Leeuwarden

  1. Pingback: Zwolle | Una barba en La Haya.

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