Tilburg

Breda fue una grata sorpresa, y estaba convencido de que el día aún me deparaba aventuras varias por los Países Bajos. La ciudad más cercana a Breda era Tilburg (que es la sexta ciudad más poblada del país, según Wikipedia), dónde pasé el resto del día antes de volver a La Haya. En pocas palabras, Tilburg es una ciudad que, bueno; honestamente, no tiene demasiado que ver. Por decir algo.

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El recorrido comienza como todos los demás: llegada a la estación, búsqueda de las señales turísticas de rigor, y comienzo de la ruta. Curiosamente, no encontré en Tilburg nada parecido a un Grote Markt, y el ayuntamiento, que por lo general suele ocupar siempre un puesto de honor, no lo encontré. Por el camino hacia el centro, aparecen tiendas de lo más interesante, como tiendas de chucherías o de discos, las cuáles están quebrando desapareciendo a un ritmo alarmante. No notarás ningún cambio sustancial cuando llegues al centro histórico: de repente te toparás con una iglesia gigante y un cartel explicando por qué es tan importante.

Dentro de la iglesia estaban preparando una boda. Y yo ahí, paseando.

Dentro de la iglesia estaban preparando una boda. Y yo ahí, paseando.

Dando vueltas por la ciudad me encontré un mercadillo, que se mantenía abierto desafiando la costumbre holandesa de cerrar todo a las 6 de la tarde (rebeldes). Por cierto, es temporada de espárragos. Lo digo porque era el producto estrella. De nuevo, más edificios históricos, fuentes, plazas… lo típico. La zona comercial del centro es extraña, porque parece que han condensado todas las tiendas en una sola zona (algo así como Apeldoorn, pero esta vez con gente por la calle). Aquí es dónde se concentraba la mayor parte del ambiente de la ciudad. 

Hay una escultura gigante en la que se puede leer una frase en neerlandés. Como ni me cabía ni entendía la frase, aquí va un extracto.

Hay una escultura gigante en la que se puede leer una frase en neerlandés. Como ni me cabía ni entendía la frase, aquí va un extracto.

En mi opinión, una de las zonas más ‘bonitas’ (por decir algo) de la ciudad son precisamente las afueras, la zona residencial. No las propondría como Maravilla del Mundo, pero desde luego suponen un respiro a tanta tienda. A falta de atracciones turísticas potentes, las zonas habitables son tranquilas, y no es difícil encontrarse un parque, un jardín o un canal por el camino (lo de los canales es absurdo, siempre son lo mismo, pero todos te parecen bonitos).

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Esta torre de agua se puede ver casi desde la estación. Eso sí, para encontrarla hace falta un mapa: está situada dónde menos te lo esperas. En el medio de una manzana de viviendas.

Esta torre de agua se puede ver casi desde la estación. Eso sí, para encontrarla hace falta un mapa: está situada dónde menos te lo esperas. En el medio de una manzana de viviendas.

Llegó un punto de la visita en el que ya no sabía muy bien qué hacer, porque al contrario que en Breda, en Tilburg el clima no estaba colaborando. Dicho de otro modo, soplaba un viento fuerte y frío, tan típico de este molesto clima del mes de Mayo. Callejeando, descubrí el International Gypsy Festival, para el que había que pagar entrada (de verdad, qué obsesión tienen). De lo poco que pude alcanzar a ver entre las vallas del recinto, había una banda tocando música. Si no quieres perdértelo el año que viene, aquí está la web del International Gypsy Festival. Y olé.

Decoración de la entrada al festival. Sutil, Tilburg, sutil.

Decoración de la entrada al festival. Sutil, Tilburg, sutil.

Esta entrada con tan poca chicha sobre una ciudad tan ‘amodorrada’ llega a su fin. Cuando llegas a la etapa ‘paseos para ver si te has dejado alguna parte especialmente inolvidable de la ciudad pero no encuentras nada’, sabes que ya puedes irte a casita. Perdí el tren y pasé una bucólica media hora en el andén de la estación bajo el sol abrasador esperando al siguiente.

Algo que me llamó poderosamente la atención fue la numerosa oferta de teatros que ofrece Tilburg. Todos cerrados, pero éste proyectaba frases psuedo-profundas en inglés.

Algo que me llamó poderosamente la atención fue la numerosa oferta de teatros que ofrece Tilburg. Todos cerrados, pero éste proyectaba frases psuedo-profundas en inglés.

Arte en los Países Bajos: una cámara que graba todo lo que pasa en una plaza de Tilburg. En la pantalla de al lado se iban proyectando diferentes cosas. Esperé cinco minutos, por si de repente una versión mía a perspectiva aérea aparecía. Pero no.

Arte en los Países Bajos: una cámara que graba todo lo que pasa en una plaza de Tilburg. En la pantalla de al lado se iban proyectando diferentes cosas. Esperé cinco minutos, por si de repente una versión mía a perspectiva aérea aparecía. Pero no.

Para concluir: si tuviera que describir la ciudad en pocas palabras diría que está apagada. Incluso si todo está cerrado, una ciudad debería tener algo que llame la atención, que la haga recordable. Que sea nuevo, diferente. O simplemente, que te guste. Para escribir esta entrada, he tenido que ver un par de veces las fotos que hice para acordarme del recorrido. Pero cualquiera que quiera visitar la ciudad cuenta con mis más sinceras bendiciones, de verdad. Pero que no me invite.

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