Breda

Creo que nunca podré agradecerle lo suficiente a los supermercados holandeses las ofertas que hacían de vez en cuando vendiendo Dagkaarts (ya sabéis, esos tickets diarios que me han llevado a tantos sitios maravillosos y diferentes) a un precio asequible como 13€ en vez de los 50 habituales. Como no podía ser de otra manera, durante otro fin de semana desocupado, me enfundé las botas, me colgué la mochila y tomé un tren que me llevaría al Brabante Septentrional, para visitar Breda, una ciudad que realmente no me decía nada, pero que quería visitar para tacharla de la lista. Y me sorprendió gratamente, a decir verdad (como casi todo el sur de los Países Bajos, a decir verdad).

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En Breda hacía calorcito, y eso se notaba en el ambiente de la ciudad. Por todos sitios había gente caminando, especialmente en las zonas comerciales (y en Breda, esa zona es inmensa). Nada más salir de la estación te encuentras el Valkenberg Park, que es bastante extenso, lleno de estatuas y fuentes. También te puedes topar con distintos animales (incluyendo gallinas), y es el camino más rápido/bucólico hacia el centro de la ciudad. Desde el parque también se pueden admirar las murallas del Castillo de Breda, porque la entrada al castillo en sí está prohibida, así que te toca mirar con un río (al menos) de distancia.

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Breda posee todos los elementos básicos para ser catalogada como ciudad neerlandesa de bien: un Grote Markt (Plaza Central, aunque en este caso yo lo llamaría Grote Rectángulo), una Grote Kerk (Iglesia Central), los canales, los barrios residenciales a las afueras… Dando un paseo por las afueras me encontré los elementos menos típicos de la ciudad, como una especie de auditorio con forma extraña (no recuerdo nombre ni nada, pero desde fuera parecía que el edificio se estaba derritiendo), un centro comercial (cosa extraña en los Países Bajos, a decir verdad), el Casino y el Centro Cultural (que curiosamente estaban al lado), etc.

"Drama en Breda: Te han robado la bici". Bastante más común de lo que se cree.

Drama en Breda: Te han robado la bici“. Bastante más común de lo que se cree.

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En uno de mis paseos hacia el centro de la ciudad (aunque parezca mentira, lo perdí de vista y los carteles indicativos pueden ser muy engañosos), me encontré con una de las razones por las que debo volver a Breda: el MOTI o Museum of the Image. En otras palabras, un museo de diseño. Me quedé con ganas de visitar la exposición para ver muestras de diseño holandés (que según dicen ellos es fantástico y revolucionario), pero tenía que elegir entre verlo todo decentemente (y como friki de la publicidad y el diseño que soy, hubiera gastado tres horas) o visitar otra ciudad. Como los museos aquí son caros y no iba a hacer una visita rápida, decidí dejarlo para otro día (espero tener suerte/tiempo y poder hacerlo). También me gustó la tienda de regalos, con libros sobre publicidad, diseño y moda (por una exposición temporal que estaban presentando).

Un callejón cualquiera de Breda.

Un callejón cualquiera de Breda.

El Beginhof, algo así como una residencia dónde antiguamente las mujeres solteras/viudas pedían asilo para sobrevivir. A día de hoy sigue acogiendo a mujeres. ¿A ese mástil no le falta una bandera? Para un día que no llueve...

El Beginhof, algo así como una residencia dónde antiguamente las mujeres solteras/viudas pedían asilo para sobrevivir. A día de hoy sigue acogiendo. ¿A ese mástil no le falta una bandera? Para un día que no llueve…

Finalmente llegué al centro de la ciudad, lleno de gente por todos lados. De nuevo, más calles comerciales y edificios históricos. Llegados a este punto ya me puse a callejear por placer, porque no había encontrado la oficina de turismo, así que me guiaba por los carteles que señalaban los puntos más importantes de la ciudad. Y me los había visto todos toditos. Encontré la oficina de turismo cuando ya decidí que era hora de marcharme. Ironías de la vida.

Entre Breda y Santiago hay 1928 kilómetros, según Google. A fuerza de voluntad no les gana nadie.

Entre Breda y Santiago hay 1928 kilómetros, según Google. A fuerza de voluntad no les gana nadie.

En la Grote Kerk me encontré con la tumba de este rey/obispo/noble/loquesea. Hagas lo que hagas, nunca podrás ser más cool que él: hay cuatro hombres sujetando su armadura sobre él. Con el hombro.

En la Grote Kerk me encontré con la tumba de este rey/obispo/noble/loquesea. Hagas lo que hagas, nunca podrás ser más guay que él: hay cuatro hombres sujetando su armadura sobre él. Con el hombro.

Y ahora, la anécdota graciosa del día: en la biblioteca de Breda estaban celebrando una jornada de puertas abiertas, en la que todo el mundo podía visitar las diferentes salas de la susodicha biblioteca para preguntar por cursos/demostraciones o disfrutar de música en directo. Cuando entré yo, había ya mucha marcha: un montón de niños tocaban instrumentos por primera vez, se escuchaba samba y música india (no a la vez, menos mal), empezaban obras de teatro, conferencias… También había una mesa con diferentes artículos promocionales del evento. Ni que decir tiene que me llevé la bandolera, la bolsa de tela, un par de bolis, el folleto del evento y el catálogo de todos los cursos, aunque estuviera en holandés y no lo entendiera. Por pura gula. Como diría Desahogada, el merchandising es “bueno pa’ ti, pa’ tu cuerpo, pa’ to“.

Para no dar demasiado envidia, aquí va una foto de la biblioteca decorada con globos.

Para no dar demasiado envidia, aquí va una foto de la biblioteca decorada con globos.

Además, una óptica que acababa de abrir regalaba un par de gafas sol como promoción inicial. Total, que como a mí no me gustan las cosas gratis ni nada, me acerqué a ver qué tal. Casi todos los modelos eran un poco raros, pero como seguían siendo gratis, pues nada, no iba a quejarme. Cogí el par que más me gustó y le sonreí al de la tienda. Creo que uno de los cristales empezó a bailar al tercer uso, pero oye, menos da una piedra.

La foto tonta del día.

La foto tonta del día.

Y con esto concluye la entrada de Breda. Llevaba la mochila llena de artículos gratuitos, y ahora me dirigía a una ciudad que me decía aún menos que Breda (Tilburg), pero como la primera visita del día había sido satisfactoria, pues nada, le eché ganas. También tuvo mucho que ver que Tilburg fuera la siguiente parada de tren y no tuviera demasiadas ganas de malgastar el sol sobre vías. ¡Hasta la siguiente!

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3 pensamientos en “Breda

  1. Pingback: Tilburg | Una barba en La Haya.

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