Praga (I)

Han pasado unos cuantos días desde la última vez. Entre entregas y el estrés de que se me estén acabando las clases, me ha costado elegir fotos y ponerme a escribir esta entrada. Pero sin más demora, aquí llega la crónica de otro viaje internacional de mi estancia Erasmus: en esta ocasión, hicimos un viaje multidestino; cuya primera parada fue Praga, capital de la República Checa. Buen tiempo incluido.

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Día 1: ¿Colega, dónde está nuestro hostal?

Llegada a la capital de la República Checa a eso de las 8 de la tarde. No hacía un frío excesivo, lo cual era una excelente señal. Tras conseguir nuestras maletas y algo de moneda local (coronas checas, de toda la vida), cogimos el bus de rigor hacia el centro de la ciudad, y una vez allí; nos dispusimos a buscar el hostal. Sabíamos el nombre de la calle y la zona, pero no cómo llegar hasta allí. No tenemos arreglo. Tras caminar durante tres cuartos de hora, preguntar a unas diez personas y recorrernos las bucólicas afueras de Praga, entramos al hostal Elf. No está mal y es bastante barato, aunque esté relativamente alejado del centro. Llegamos cansados y lo único que quisimos hacer fue encontrar un lugar para cenar y entrar a una tienda 24h (llamadas allí NON-STOP, como si de una edición de ¡Fama a Bailar! se tratara) para comprar provisiones.

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Día 2: Juraría que esta cuesta ya la hemos subido antes.

Una ventaja innegable de los hostales es que te obligan a levantarte pronto si quieres desayunar de gratis. Como nuestro presupuesto no era millonario (a ver, estábamos durmiendo en un hostal y éramos españoles = esa comida gratuita debía ser nuestra), a las 9 y pico de la mañana ya estábamos arriba. Nos dirigimos al centro a descubrir por fin la ciudad, y nuestra primera atracción turística fue la Torre de la Pólvora, llamada así porque servía para almacenar pólvora (estos checos siempre tan imaginativos). A pocos metros se encuentra la Plaza Central de Praga, con sus estatuas, sus dos iglesias, sus tours turísticos en todos los idiomas del mundo habidos y por haber, y claro está, su Reloj Astronómico, reclamo turístico de la ciudad por excelencia.

Bonito, ¿eh?

Bonito, ¿eh?

Aunque quedaban más cosas por ver en esa orilla del río Moldava, nos dirigimos al sur para ver el Puente de Carlos, probablemente el puente más famoso de todos. Mientras que los demás son puentes corrientes de toda la vida, éste está decorado con distintas estatuas y atestado de turistas. Y claro, como no, lleno de músicos callejeros, de puestos de caricaturas y vendedores de recuerdos. Nos hartamos de ver el puente en cuestión. Eso sí, tiene unas grandes vistas de la ciudad (vamos, que si quieres hacerte una foto con la ciudad y el río de fondo, éste es tu destino).

Voy a responder la gran pregunta: sí, podías montarte en el globo. 40€ te separan de tu sueño.

Voy a responder a la gran pregunta: sí, podías montarte en el globo. 40€ te separan de tu sueño. Y llegar a Praga.

Al otro lado del río se encuentra Malá Strana (ciudad pequeña), un distrito antiguo de la ciudad, que contiene, entre otras cosas; el archiconocido Castillo de Praga. Como el Castillo ocupa él solito un día entero de excursión, nos dedicamos a explorar el resto de la colina, empezando por el Muro de John Lennon. Me contaron que en Praga, cuando John Lennon murió, el muro apareció con diferentes pintadas sobre canciones de Los Beatles y un retrato del artista. A pesar de que la policía las borraba, cada día iban apareciendo más y más pintadas de Lennon, que estaba por aquel entonces censurado en las estaciones de radio comunistas. Luego nos encontramos por el camino un museo de arte contemporáneo con esculturas un tanto raras, el Museo Kampa. Y entonces, nos preparamos para la primera subida del día.

Un fragmento del muro (de John Lennon). Está totalmente permitido añadir nuevas pintadas.

Un fragmento del muro (de John Lennon). Está totalmente permitido añadir nuevas pintadas.

En lo alto de la colina de Mala Strana, hay una zona pseudo-recreativa que consiste en un mirador, varios parques y otras atracciones. Para llegar allí, la ciudad de Praga te ofrece un servicio de funicular. ¿Iban dos estudiantes a pagar billetes para un funicular? Exactamente. Así que tras media hora de subida (bueno, siendo honestos, paramos diez minutos a descansar un rato, que empezaba a hacer calor), llegamos a la cima. Allí, entre otras cosas, nos encontramos con amplios jardines, un mirador que imitaba a la torre Eiffel (bueno, sólo su parte superior), el llamado Laberinto de los Espejos y una mezcla de checos y turistas a partes iguales. Una de las razones por las que guardo un gran recuerdo de Praga es sin duda el buen tiempo. Fue refrescante (que irónico) deambular por la calle en manga corta, sin sudadera o abrigo alguno. Como si hubieran venido los Reyes Magos, en mayo.

100% Torre Eiffel. 0% Francia.

100% Torre Eiffel. 0% Baguettes y croissants.

Tras deshacer el camino de ida (aunque claro, cuando bajas las cuestas con buen tiempo, te encuentras más animado), comimos y nos dirigimos de nuevo a la orilla del río Moldava dónde comenzó nuestra aventura. Esa zona de la ciudad se caracteriza por sus edificios de colores, sin ninguna duda. La comida típica checa consiste en carne elaborada de distintas formas acompañada de patatas, tanto en pudding, como en una especie de tortitas. Muy barato y muy rico. Cuando llegamos al Barrio Judío, pudimos verlo todo, pero desde fuera: las sinagogas habían cerrado y el Cementerio Judío, por tanto, no se encontraba abierto al público. Las sinagogas desde fuera preciosas, oiga.

¿Pero el Indie no era un estilo de vida? NO. Es el nuevo paraíso vacacional de moda (pero sin llegar a ser mainstream.

¿Pero el Indie no era un estilo de vida? NO. Es el nuevo paraíso vacacional de moda (pero sin llegar a ser mainstream, que conste).

Cerca del Barrio Judío, se encontraba un puente que llevaba de nuevo a la otra orilla del río. Allí, a lo lejos, en lo alto de nuestra amiga la colina, había un metrónomo gigante en funcionamiento, con su péndulo balanceándose de un lado a otro. Y sin dudarlo ni un minuto, nos volvimos a chupar la cuesta de subida. Porque sí. Aunque, en este caso, el Ayuntamiento de Praga fue práctico y colocó unas escaleras de cemento. Al final de las escaleras, un gran parque, lleno de patinadores. El metrónomo gigante viene a ser un substituto de una estatua gigante de Stalin, que fue destruida en 1962. Se siente. Si se continúa andando por el jardín, finalmente se empiezan a vislumbrar edificios, pero que no tienen demasiado que ver con los suntuosos bloques/edificios coloreados de la zona antigua de Praga. Se trata de la verdadera zona residencial, dónde los turistas no se adentran, porque ya no hay cafeterías con wi-fi gratuito.

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Después de todos estos traqueteos, no hubo demasiadas novedades: nos topamos con un jardín muy bucólico, nos perdimos tratando de bajar de nuevo al Barrio Judío, cenamos en la Plaza Mayor y nos dimos una vuelta para conocer la ciudad de noche. En general no hay muchas diferencias, aunque los edificios emblemáticos ganan mucho con la iluminación misteriosa de los focos. Y hasta aquí la primera parte de Praga, más larga de lo habitual, aunque no puedo irme sin antes enseñar el souvenir estrella de la ciudad: marionetas de los jugadores del Barça y del Atleti.

Necesitaré años de terapia para comprender el por qué de esto.

Necesitaré años de terapia para comprender el por qué de esto.

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2 pensamientos en “Praga (I)

    • Damas y caballeros, señoras y señores; aquí la que me soportó durante el viaje. Como ya había estado en Praga anteriormente me hizo un tour guiado de calidad. Sin trompeteros, sin embargo.

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