Haarlem

Haarlem fue un viaje totalmente inesperado. Eran ya los últimos días del primer semestre y la gente se iba yendo poco a poco. Y de repente, una de las chicas que se iban nos dijo que siempre había querido ir a Haarlem, porque le llamaba la atención. Y nada, allí que nos fuimos. Haarlem está de camino a Amsterdam, pero sigue conservando el aspecto típico de los pueblos holandeses.

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Aviso: todas las fotos fueron hechas por mi cutre móvil.

Llegamos a eso de la dos y algo de la tarde a Haarlem, así que tampoco disponíamos de mucho tiempo para ver la ciudad (dos horas y algo pueden parecer una barbaridad, pero íbamos sin comer y había mucha hambre en el ambiente). Tras coger el mapa de la ciudad que amablemente nos entregó la mujer de la ventanilla de información, nos dirigimos hacia el centro de la ciudad. Esa semana se caracterizó por ser muy muy fría, y fue la primera vez que vi lo que hasta entonces consideraba un mito holandés: un canal completamente congelado.

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Supuestamente los holandeses patinan sobre hielo en los canales congelados, pero yo de momento no he visto a ninguno. Continuamos hasta el centro de la ciudad, dónde como ya viene siendo habitual encontramos el Ayuntamiento y el Grote Markt (algo así como una plaza mayor, aunque literalmente signifique Gran Mercado), acompañados por la St.-Bavokerk, una de las iglesias más grandes del país (aunque como había que pagar entrada, la ignoramos sutilmente).

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La susodicha iglesia con una estatua de Mickey Mouse.

Tras comer salvajemente en un restaurante de allí (y oír como el camarero nos decía literalmente que no había “nada interesante” en Haarlem), seguimos explorando la ciudad. Llegamos al Museo Teylers, el museo más antiguo de los Países Bajos, una media hora antes de que cerraran (fail). Sin embargo, gracias al paseo que nos dimos pudimos ver la zona sur de la ciudad, con sus puentes levadizos, sus canales y demás elementos decorativos.

En el restaurante había una especie de acuario con varios peces y esta tortuga, que no se bajaba del palo éste.

En el restaurante había una especie de acuario con varios peces y esta tortuga, que no se bajaba del palo éste.

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Ya se estaba haciendo de noche y volvía a nevar. Estábamos helados y aunque la ciudad tenía mucho que enseñar, nosotros sólo queríamos estar calentitos entre cuatro paredes. Sin embargo, antes de que buscáramos un refugio, nos encontramos con una de las partes más bonitas de Haarlem, totalmente de improviso: el molino De Adriaan.

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Me ha quedado de postal.

Me ha quedado de postal.

Como anécdota graciosa del día podemos añadir que, perdidos completamente en búsqueda de la estación, preguntamos como ir a un chico holandés. Afortunadamente, él también iba hacia allí así que sólo tendríamos que ir con él. Desafortunadamente, se mantuvo siempre como a dos metros de distancia. Que aunque llevemos cinco capas de ropa no somos mala gente, eh. Haarlem me gustó bastante, aunque probablemente en el verano holandés (primavera para el resto del mundo) sea mejor sin la nieve, la lluvia, el viento y un par de grados más de temperatura.

Foto de una tienda de recuerdos de allí, que vendía carteles publicitarios antiguos. Quizás vuelva y me compre uno.

Foto de una tienda de recuerdos de allí, que vendía carteles publicitarios antiguos. Quizás vuelva y me compre uno.

¡Hasta la siguiente!

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