Budapest (II)

Llega la segunda parte del viaje a Hungría. Estábamos disfrutando enormemente de la ciudad y de sus precios bajos. Nuestro apartamento era ya nuestra segunda o tercera casa y mientras la gente de La Haya subía fotos de nieve y se quejaba del clima helado, en Budapest “disfrutábamos” de unos 2 grados de media.

PS. Mientras escribo esto me doy cuenta de que me guste o no, va a haber un Budapest (III). No me parecía correcto embutir en esta entrada cuatro días de aventura (incluyendo la vuelta al aeropuerto), porque iba a ser o muy resumido o muy denso.

El Parlamento.

El Parlamento.

Día 3: “Tenemos que verlo todo” + “Va a ser que no”

Comenzamos el día yendo a ver el Parlamento por dentro, en uno de sus dos tours diarios en español. Supuestamente la lista de espera para entrar es larguísima, pero la entrada es gratuita para los residentes de la Unión Europea. En nuestro caso fue lo contrario: no había cola alguna para las entradas (era Enero, al fin y al cabo), pero nos costó cada entrada unos 1500 florines (algo así como cinco euros). El tour fue cortito pero conciso: el Parlamento está diseñado y decorado de forma simétrica, por lo que visitando una de las alas te puedes hacer una idea de cómo es la otra. Una visita totalmente recomendable (problemas para llegar a la taquilla aparte).

La cúpula del Parlamento.

La cúpula del Parlamento.

De allí, cogimos el metro para visitar el Mercado Central. Sin embargo, cómo no nos molestamos en ver qué parada de metro llevaba a qué sitio, cambiamos los planes en lo que dura una consulta al mapa para acabar entrando en la Sinagoga. Tras pagar entrada, podías acceder a tres zonas diferentes: la sinagoga en sí, dónde te sentabas a rezar o a escuchar al guía de turno (y te prestaban una kipá y todo); un centro de exposiciones dónde se exhibían una retrospectiva sobre el judaísmo (totalmente inesperado) y varios documentales; y un jardín con un árbol de metal, el cual representaba a las víctimas del Holocausto.

La sinagoga por dentro...

La sinagoga por dentro…

...y por fuera.

…y por fuera.

Tras la pausa para comer, cogimos la parada de metro correcta y llegamos al Mercado Central. Con un enfoque muy orientado a la gente de fuera, el mercado también es un lugar dónde los propios aquineos (gentilicio de Budapest según Wikipedia) hacen la compra. Muchos de los puestos son de comida y bebida típica de allí (hay una tienda con unos veinte tipos distintos de palinka, ahí es nada), souvenirs y demás, pero también hay puestos para comprar carne, pescado, fruta y verdura.

Buda7

En nuestro planning también habíamos incluido una visita a la Ópera, que ofrecía dos tours guiados al día. Llegamos una hora tarde, pero nos acercamos a ver si se podía explorar la ópera igualmente. La respuesta fue un no bastante contundente, así que para desquitarnos pasamos un agradable rato en la tienda de recuerdos (que estuviera lloviendo afuera quizás tuviera algo que ver). A la salida, buscando algo más que hacer, acabamos entrando a la Basílica de San Esteban (Szent István-bazilika), la cual ya habíamos visto el segundo día. Estaban cerrando cuando llegamos, así que nos ahorramos el “donativo obligatorio” y en un tiempo récord la vimos. Según dicen tienen la mano embalsamada del santo, pero a eso no llegamos.

El impresionante altar de la Basílica.

Tras este día lleno de emociones, finalmente nos volvimos al apartamento. Sin embargo, el lugar dónde comimos se merece un párrafo aparte. Se llama Oktogon Bizstro y es un buffet libre de los buenos, de los de “come todo lo que quieras“. El precio de la comida es casi ridículo (unos 5 euros), pero mucho cuidado con la bebida, que proporcionalmente sale muy cara (pero bueno, si vas en ayunas lo rentabilizas). Como su propio nombre indica, se encuentra cerca de la parada de metro Oktogon y, la verdad, merece la pena. Allí probé, además, uno de los platos típicos de la cocina húngara: el goulash.

Algo así como un estofado con paprika, pero en invierno sienta MUY bien.

Día 4: “Estoy harto de Pest, vamos a ver Buda”

Buda se encuentra al otro lado del río, y es una visita obligada. Entre sus principales atractivos se encuentra por supuesto el Castillo de Buda, con sus jardines y esculturas (cubiertos por la nieve en nuestra visita). Para subir a Buda hay que tomar un funicular o subir unas escaleras, y ni que decir tiene que tras el monte Gellért no nos apetecía a ninguno volver a hacer montañismo.

Para que el castillo quepa en una foto, tienes que tirarla desde el Puente de las Cadenas.

Para que el castillo quepa en una foto, tienes que tirarla desde el Puente de las Cadenas.

La entrada a los jardines del castillo.

La entrada a los jardines del castillo.

Tras comer, visitamos dos monumentos también muy característicos de esa orilla del Danubio, que además, para beneficio del viajero, se encuentran juntos: la Iglesia de San Matías y el Bastión de los Pescadores. A la iglesia no entramos porque a) había que pagar también y b) no creíamos que valiera la pena tras ver la Basílica. En cambio, el Bastión de los Pescadores es totalmente gratuito (es un mirador, lo que faltaba), y desde allí contemplamos las impresionantes vistas de Pest. Recuerdo también que hacía un frío considerable, para añadir más detalles.

Las cúpulas de la Iglesia de San Matías.

Las cúpulas de la Iglesia de San Matías.

El Bastión de los Pescadores.

El Bastión de los Pescadores.

Voy a cortar aquí el día 4, pero que nadie se preocupe, volveré en breve con más emocionantes y trepidantes aventuras en la capital húngara en la siguiente (y última) entrega de Budapest. ¡Hasta entonces!

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